El milagro verde del basurero

Agricultura urbana en Bogotá

Hace casi diez años que Saulo Benavides, junto con otros habitantes de Ciudad Bolívar –unade las comunidades más pobre y conflictivas de Bogotá–, fundó el proyecto de agricultura Asograng Granjeros. En medio de la basura iniciaron un proyecto ambiental para la comunidad.Hoy, lo que era un terreno lleno de desechos e inseguridad se ha transformado en un espaciopara talleres educativos e intercambio ecológico. Dentro de la agricultura urbana de Bogotá,Asograng Granjeros es una de las primeras iniciativas en formar un proyecto educativo yparticipativo de medio ambiente. Saulo Benavides habló con Matices sobre los orígenes deAsograng Granjeros y la situación de la agricultura urbana en Bogotá.

Entrevista por Julia Brekl

¿Cómo surgió el proyecto de Asograng Granjeros? 

El proyecto surgió de la problemática de contaminación ambiental e inseguridad que había en el sector de Ciudad Bolívar, el cual era muy mal visto por la cantidad de problemas que se presentaban allí, además de todo el escombro y basura que había en el barrio. Había una aglomeración de indigentes que lo invadieron, entonces la alcaldía y la policía hicieron gestiones

para alejarlos de ahí y volver a planear el espacio. Los habitantes de los barrios aledaños como Guatiquía, La Coruña y Arborizadora Baja estaban muy preocupados por la situación de seguridad, entonces empezamos a pensar como comunidad en qué hacer para parar la inseguridad.

 

¿Cuáles son los objetivos del proyecto de Asograng contra

la basura e inseguridad?

Sobre todo se trata de la capacitación ambiental de las comunidades; de enseñarles cómo cultivar y aprovechar lo que tienen en su medio ambiente, además de la cuestión nutricional: cómo deben alimentarse las personas, cómo producir y procesar alimentos. La agricultura urbana no necesita cantidades de

 

 

¿De dónde viene el conocimiento ecológico de ustedes

para haber podido lanzar el proyecto?

La base de nuestra formación en agricultura la obtuvimos al participar en una capacitación del Jardín Botánico de Bogotá. La pudimos fnanciar gracias al dinero que aportó la empresa de energía y la alcaldía. Cuando se terminó la capacitación dijimos: «Bueno, muchachos, vamos a manejar la obra nosotros mismos». Pero con un terreno que solo estaba en escombros, dijimos: ¿cómo vamos a cultivar ahí? Sin embargo, nosotros los fundadores, que ya teníamos conocimiento en agricultura, le enseñamos a la gente a sembrar y cultivar. El otro tema era trabajar a nivel profesional como asociación. Vino el SENA, el servicio nacional de aprendizaje, y nos dió la capacitación para crear una organización, para saber cómo hacer el registro en la Camára de Comercio, entre muchas otras cosas. Queríamos crear una organización que fuese autosostenible.

 

¿Qué importancia tiene Asograng para las comunidades

hoy en día?

Ha sido una lucha dura porque teníamos que enseñarle a la comunidad la separación de residuos. Echaban todo en un mismo sitio: papel higiénico, toallitas, plástico –de todo– en la basura. Fue un proceso largo hasta que entendieron como separarla correctamente. Ahora, se puede decir que hay una mayor conciencia en la comunidad. La gente deposita sus residuos orgánicos en las canecas que tenemos puestas en las rejas afuera de la huerta. También llevaron consigo esta nueva

conciencia sobre el medio ambiente a sus casas y utilizan el agua y la luz con más cuidado, así como una mayor conciencia con el reciclaje. Separar restos orgánicos es un buen inicio para mostrarle a la gente cómo reusar y tratar la naturaleza con respecto a la producción de abono y fertilizantes, que luego nos sirve en la huerta. 

 

¿Es cierto que la venta de sus productos orgánicos les sirve como una forma de reunir dinero para mantener el proyecto?

Muy poco. Nosotros no tenemos muchos recursos. Lo que producimos y procesamos lo hacemos para el consumo de la comunidad, para llevar los productos ahí –cuando nos invitan a un evento o mercado– y venderlos. Sin embargo, para una producción más grande nos faltan los recursos técnicos como las máquinas necesarias para expandir la producción. La producción que hacemos la usamos como medio para mostrar de qué manera utilizar nuestros mismos productos, cómo los procesamos. Pero como no es un proyecto comercial sino participativo, lo que producimos depende de la voluntad de cada uno. Somos una organización sostenible y tenemos que hacer muchas cosas para que se sostenga el proyecto.

 

¿Qué te parece el desarollo de los últimos años de la

agricultura urbana en Bogotá?

Tanto terreno desocupado que hay en el distrito de Bogotá... Se podrían montar espacios como el nuestro en toda la ciudad. Existen las posibilidades y se podría desarrollar una alta competencia: ¿quién aprovecha mejor de los residuos?, ¿quién produce más?, ¿quién es el que más involucra a las comunidades? Sin embargo, las dificultades se encuentran en la falta de recursos,

por eso hay muy pocos proyectos como el nuestro en Bogotá. Entre 2004 y 2008, el Gobierno y empresas han inyectado mucho dinero en la agricultura urbana. No obstante, de este

apoyo, hoy es muy poco lo que quedó. Razón por la cual dependemos del trabajo de voluntarios.

Por donde se camine siempre se encuentra uno con mucha basura en Bogotá. ¿Qué opinas sobre la situación de basuras en la ciudad? Hay un programa que se llama „Basura Cero“ que busca que

la ciudadanía bogotana reduzca, separe y aproveche los residuos sólidos. Pero aquí en nuestro proyecto empezamos con lo orgánico. Nosotros reutilizamos un pedazo de madera, el plástico de una bolsita, por ejemplo. Yo digo que el verdadero programa de Basura Cero sucede aquí en nuestro proyecto.

 

Julia Brekl es redactora en Matices.

Foto: Julia Brekl

La quinoa y el amaranto ocupan el mayor espacio de la huerta y son procesados como harina y cereales tierra porque uno puede practicarla en su casa, en su terraza o en donde sea.                                                Foto: Julia Brekl

Foto: Julia Brekl