‘El Chapo’ Guzmán

Una captura de película

Los movimientos del mayor narcotraficante de la actualidad para ver su vida reflejada en lagran pantalla ayudaron en la operación que culminó con su detención. ¿Por qué el hombre más buscado del mundo baja la guardia hasta el punto de reunirse con gente del cine?

Comentario por Luis García Casas

La realidad imita a la ficción. Y, por supuesto, viceversa. Cuenta Roberto Saviano en su libro Gomorra que los mafiosos italianos emulan el estilo de los de las películas de Hollywood. Y no son los únicos. En el vídeo de la detención del Chapo Guzmán se ve cómo el mayor narcotrafcante de la actualidad tenía sobre la cama de su refugio, precisamente, el último libro de Saviano. El italiano describe a los nuevos jefes del crimen organizado como «hombres de negocios que leen, analizan, estudian, que buscan el porqué de las cosas y quieren saber exactamente qué se dice y se escribe sobre ellos». Ahora, en la cárcel de máxima seguridad en la que se encuentra, el Chapo sólo está autorizado a leer el Quijote, un libro sobre un hidalgo que de tanto leer historias deja de distinguir entre la realidad y la ficción. Y que, además, se escribió en la cárcel. 

 

El Chapo no parece una excepción en esta obsesión de algunos grandes delincuentes por la imagen pública que proyectan. De hecho, sus contactos para realizar una película sobre su vida ayudaron a su captura. Los mensajes intercambiados con la actriz Kate del Castillo, que interpreta a una diva del narcotráfco en La reina del Sur (una teleserie basada en la novela homónima de Pérez Reverte), sirvieron para confirmarle su ubicación a las fuerzas de seguridad mexicanas. Dos días después del encuentro que concertó, a través de ella, Sean Penn con la intención de hacerle una entrevista para la revista Rolling Stone, la casa en la que se vieron con Guzmán fue asaltada por la policía. El capo escapó por muy poco. De hecho, estuvo a tiro de los agentes, que no dispararon porque llevaba una niña en brazos y se hizo acompañar de otras dos mujeres en su carrera.

 

El Chapo no parece una excepción en esta obsesión de otras cosas porque la revista aceptó que el Chapo revisara el texto antes de su publicación, él se defnía como «alguien que no busca problemas». «Tampoco quiero ser retratado como una monja», concede a Penn, a quien le pregunta, muy interesado, si es ya muy conocido en Estados Unidos (a pesar de que no haya todavía ninguna película sobre su vida). Penn le contesta que sí. En el encuentro previo a la entrevista, de la que sí hay registro en vídeo, le decía Guzmán que había «distribuido más heroína, anfetaminas, cocaína y marihuana que ningún otro en el mundo». Una afrmación que su defensa, tras la detención, corrió a desmentir. «Es una soberana mentira, una especulación absurda del señor Penn: él no pudo hacer semejantes revelaciones», protestó su abogado, Juan Pablo Badillo. Como si la lista de periodistas asesinados en México (más de cien en los últimos quince años) no fuera sufciente para hacer desistir a Sean Penn de inventarse declaraciones y ponerlas en boca del narcotrafcante. «Eso, yo se lo garantizo, es una falsedad», añadió Badillo. Alguien tan prudente no podía haber cometido el error de admitir tales delitos públicamente. Error que se le debió pasar también al revisar la entrevista.

 

Pero ¿por qué un capo mafoso se empeña en impulsar una película sobre su vida? ¿Por qué concede una entrevista que puede poner en peligro su huida? ¿Por qué intercambia mensajes con una actriz? Los medios especulan con una posible obsesión erótica con la propia Kate del Castillo. Sin duda, hay algo más. Cuando dice «más... que ningún otro en el mundo», ¿con quién se está comparando? Lo más probable es que el Chapo Guzmán se estuviera mirando en el espejo de Pablo Escobar. La vida del colombiano, líder del Cártel de Medellín en los años ochenta, ha sido retratada últimamente en varias ocasiones: una serie de la televisión colombiana, otra más reciente en Netfix, diversos documentales, uno de ellos protagonizado por el propio hijo de Escobar, e, incluso, un par de películas de Hollywood: una que está rodando actualmente Tom Cruise (Mena, cuyo estreno está previsto para 2017 y en la que el actor da vida a un piloto que trabajó para el narcotrafcante) y otra en la que Benicio del Toro interpreta al propio Pablo Escobar (en Escobar, el paraíso perdido, de 2014).

 

La sombra de Escobar

El propio Del Toro, al presentar la película en el Festival de San Sebastián de ese año, me dijo que, aunque la fcción no tiene por qué servir para que los países digieran su pasado, tal vez pueda ayudar a hacerlo. En este caso, ha servido para mantener vivo el mito. Al hijo de Escobar también tuve la oportunidad de entrevistarlo. «A la larga –me dijo– el mundo va a tener que aceptar la idea de que el narcotráfco va a seguir existiendo; no importan las leyes que se redacten en su contra, que lo único que hacen es potenciarlo, como han hecho durante cuarenta años de manera ininterrumpida las ideas y las leyes prohibicionistas iniciadas con Nixon». Y añadío: «Entonces, historias como las de mi padre se seguirán repitiendo: ahora tenemos al Chapo Guzmán, pero mañana será otro... esto no es un problema que se va a resolver con ametralladoras». El mismo Guzmán admite ante Penn que es sólo un engranaje más de la cadena: «El día que yo no exista no va a mermar lo que es nada el tráfico de drogas», le dice.

 

En 1987, Forbes incluyó a Escobar en su primera lista de los más ricos del mundo, también en eso se adelantó a el Chapo. La revista calculaba su fortuna en dos mil millones de dólares (los primeros eran los empresarios japoneses Taikichiro Mori y Yoshiaki Tsutsumi, los únicos con más de diez mil millones cada uno) y ayudó a difundir el mito de que el narcotrafcante se había ofrecido a pagar la deuda externa de Colombia a cambio de un indulto. Es falso, pero el mero hecho de que se haya tenido por verdadera esta historia durante años da cuenta del poder que se atribuía al cártel de Medellín. En 1989, Forbes lo situaba como el séptimo más rico del mundo y hasta 1993, año de su muerte, apareció en la lista.

 

El nombre de Escobar aparece tres veces (cuatro, si contamos que el artículo está dedicado a Rodrigo Lara Bonilla, ministro colombiano asesinado por orden del narco) en la entrevista de Sean Penn. Incluso el Chapo admite que le conoció: «Sí, me vi con él una vez en su casa. Una gran casa», responde con una sonrisa, probablemente al recordar la famosa y enorme Hacienda Nápoles, a cuya entrada el capo colocó una réplica del coche en el que fue acribillada la famosa pareja de ladrones de bancos ‘Bonny and Clyde’, también elevados a la categoría 

de mito por la magia del cine. En realidad, era la carrocería de un coche clásico que el mismo Escobar y su primo, otra pareja de bandidos, habían utilizado para sus prácticas de tiro. Nada que ver con Bonny y Clyde. Salvo que volvemos a ver esa obsesión por emular a los mafiosos del cine. O por superarlos. Los archivos policiales sobre Escobar guardan una foto que se hizo junto a Gonzalo Gaviria en Las Vegas, disfrazados de mafiosos de los años veinte, de esos en blanco y negro. Una vez Escobar citó a Al Capone y su primo le dijo que había elegido un muy mal ejemplo. ¿Por qué? ¿Porque le detuvieron? ¿Porque pasó el fnal de sus días en la cárcel debido a delitos fiscales? No, sino porque «Al Capone, primo, nunca manejó tanto dinero como nosotros«.

 

No todos los mafiosos buscan sus referentes en el cine. El especialista en crimen organizado Gió Marazzo cuenta que el capo italiano Raffale Cutolo tenía por su celda libros de Hobbes (¿recuerdan: «el hombre es un lobo para el hombre«?), ‘La República’ de Platón y ‘Mein Kampf’... otro libro escrito en la cárcel.

 

La interpretación de los sueños

Cuentan que, en alguna ocasión, cuando Escobar empezó a exportar cocaína a Estados Unidos, les dejaron pasar maletas con esa sustancia porque en la aduana no sabían ni lo que era. Es posible. La cocaína, el principio activo de la hoja de coca, es sin embargo bien conocida desde hace mucho tiempo. Uno de los que la investigó, a finales del siglo XIX, fue Sigmund Freud, años antes de publicar el libro que le haría mundialmente famoso: La interpretación de los sueños. Freud, tras probarla, pensó que las propiedades de la cocaína tenían que servir para curar algo. En el campo en el que más éxito creyó que podría tener fue en el del tratamiento de las adicciones.

 

Era muy habitual que muchos pacientes, y también muchos doctores, acabaran adictos a la morfina, que se utilizaba, y se sigue utilizando, en tratamientos contra el dolor. Freud tuvo mucho éxito al conseguir desenganchar de los opiáceos a un médico amigo suyo. Murió de sobredosis de cocaína. Así que Freud desistió de seguir utilizándola, al menos para curar adicciones... porque no las curaba, sino que las sustituía por otra. No es la mayor pifa de la historia de las drogas, si pensamos que el primer laboratorio que aisló la heroína la anunciaba

como un opiáceo que, por fin, no creaba adicción, con el que se podía entonces sustituir a la codeína (que sigue siendo el principio activo de muchos jarabes) en el tratamiento de la tos.

 

El reparto de esta historia es digna del padre del psicoanálisis: una actriz que se creyó su papel de dama del narcotráfico, un actor en horas bajas con aspiraciones literarias y un jefe mafioso empeñado en que se haga una película de su vida. Decía Homero que el héroe afronta todos los peligros sólo para que el poeta cante sus hazañas. Quizá los grandes villanos, también. Pero quizá también el Chapo‘simplemente estuviera buscando dónde meter unos fondos que, al ser ilícitos, explicó a Penn, ven restringidos sus oportunidades de inversión. Al fin y al cabo, la industria del cine se instaló inicialmente en Hollywood para poder pasar la frontera y rodar en México, de forma que evitaban pagar por el uso de la patente del cinematógrafo de Edison. La fábrica de sueños atrajo además capitales de diversas procedencias, muchos que venían huyendo de uno u otro sitio. Cruzar las fronteras para saltarse la ley no es un invento nuevo. Ahora el Chapo va a cruzarlas para enfrentarse a ella en un país donde sus tentáculos llegan con menos fuerza. Pero no va a entrar por la puerta grande de Hollywood, sino por la de la cárcel. Quizá allí tenga tiempo de reescribir su guion. Si no se escapa antes y deja que lo hagan otros.

 

Luis García Casas es licenciado en Humanidades y también en Periodismo. Cursó además en España el Máster de Periodismo de El País. Ha trabajado para medios como la Cadena SER. Actualmente lo hace para Deutsche Welle.

Andrea di Stefano, director de la película Escobar, el  paraíso perdido.
Andrea di Stefano, director de la película Escobar, el paraíso perdido.
Benicio del Toro interpreta al propio Pablo Escobar en “Escobar, el paraíso perdido‘, de 2014.
Benicio del Toro interpreta al propio Pablo Escobar en “Escobar, el paraíso perdido‘, de 2014.